Escribo esta entrada como Magdalena en velorio, es decir, con el rostro enjugado en lágrimas...
La razón por la que está así es porque acabo de ver la película de Hachiko, si, ese perro akita que esperó a su fallecido dueño a las afueras de una estación de trenes durante casi 10 años.
Lo que muestran en la película es tan cierto, nosotros no elegimos a nuestros amigos, ellos nos eligen a nosotros. Pueden ser iguales a nosotros, o pueden ser peludos y de cuatro patas.
En la película se ve cómo se desarrolla ese vínculo tan grande de lealtad, amistad y amor entre un profeso de universidad y ese pequeño cachorro que se encontró una noche en la estación del tren. Conforme avanza la película vamos viendo como el perro y el dueño se unen aún más, hasta llegar al punto en que Hachi (el perro) previno a su dueño de un peligro muy grande, un peligro que había de acabar con su vida pero que decidió ignorar. El dueño muere por un paro cardiaco, pero Hachi no lo entiende y continua esperándolo, hasta que él llega y se lo lleva con él... después de 10 largos años.
Al verla me trajo a mi mente todos aquellos animales que nos dan todos de ellos y nosotros ¿qué les regresamos?
Muchos les regresamos amor... pero nunca tan incondicional como el de ellos. Pero hay otros malditos desgraciados que les regresan una vida llena de sufrimiento y maltrato, cosas que el pobre animalito no merece (espero que esas personas sufran en vida todo aquello que le hacen al pobre ser indefenso).
Y es aquí donde me enojo, donde me alegra a sobremanera cuando la raza humana sufre (lo siento, justos por pecadores) con las diversas catástrofes que nos pasan en la vida. Muchos dicen que estoy mal por no preocuparme por el ser humano, que porque se supone son vidas valiosas, pero no es así, alguien que no es capaz de valorar la vida de un ser más indefenso que si mismo no podrá nunca valorar la de un igual.
Si sigo con esto voy a llorar más. Simplemente me iré, pero recuerden, ellos son seres indefensos y lo único que hacen es amarnos incondicionalmente, es justo que los tratemos bien, con amor y cariño, que juguemos con ellos y que los cuidemos como si fuera a alguien de nuestra familia, ya que si lo son.
Hay una historia mexicana que dice que una vez una señora trató muy mal a un perrito por muchos años. Un día, el perrito murió. Y al poco tiempo la señora. Al hacer el viaje al más allá la señora se encontró con un río. El río era demasiado caudaloso y demasiada fuerte su corriente para pasarlo nadando y no había ninguna barca cerca. Al empezar a recorrerlo la señora se topó con ese perro que tanto maltrató y le pidió ayuda para pasar. El perro, sin importar todo el daño que ella le hizo la ayudó. Al llegar al otro lado la señora le preguntó el por qué la había ayudado y el perro simplemente se acercó a ella en busca de un cariño.
P.D. Daisy, tú fuiste mi Hachi... pero te marchaste antes de que volviera T-T

